El amor por el mar lo heredó de su papá. “Él se subía en Chascomús, donde vivíamos, con el traje de baño puesto y cuando llegábamos a Pinamar iba directo a tirarse al agua”, relata Inés Pérez del Cerro. Tiene 81 años y podría decirse que es la turista con más historia de la ciudad balnearia. Veranea en Pinamar desde hace 72 años. Llegó por primera vez en 1945, a sus 9.

“Veníamos con mis papás y mi hermano Alberto. Parábamos en el Playas cuando la orilla llegaba hasta ahí”, detalla, sobre el reconocido hotel que hoy queda a dos cuadras del mar.

Recibe a Clarín en su casa de Pinamar, que está pasando un frente verde lleno de árboles. Cuenta que el lugar, que huele a jazmín, para ella está plagado de recuerdos.

Se queja de los cuatriciclos, que “son un infierno en enero”, y de que los colectivos dejan de pasar a fines de febrero. “Yo no manejo más, así que cuando no hay colectivos hago dedo para ir al supermercado”, comenta. Sus días arrancan muy temprano y terminan siempre igual, a las 12, con el himno: “Lo escucho en la tele y me voy a dormir”.

Se despierta alrededor de las 5 y toma una chocolatada. Lee el diario, que después le entrega a su vecina a cambio de otro que compra ella, y vuelve a descansar. A eso de las 11, sale de la casa y, en general, almuerza afuera. Uno de sus preferidos es el restaurant Perico y, para la tarde, elige Flowers.

“Es la segunda casa que tuve en la ciudad, acá vi crecer a mis nietos y también murió mi mamá”, sigue Inés, que se saca sus anteojos de acrílico blanco para marcar con la patilla a los miembro de su familia en una foto. Tiene tres hijos, seis nietos -de entre 14 y 29- y varios sobrinos nietos. Entre ellos, Segundo (7) y Dolores (9), que escuchan la charla desde un sillón y, cada tanto, ayudan a Inés con algún dato que se le escapa.

Vive en Recoleta, pero todos los años se instala para las fiestas en Pinamar. Y se queda hasta después de Semana Santa. La suele llevar en auto su hijo Pablo y, si bien está sola -su marido Marcel falleció hace años- se las arregla para siempre contar con compañía. Por esa casa, durante la “temporada extendida” desfila toda su familia.

En el medio, intenta ir todos los días a la playa. “Paro en Posta Norte, no tengo carpa sino sombrilla porque me gusta tostarme cerca del mar”, suma Inés, que muestra un anillo que luce en su dedo índice y le recuerda a otro parador que frecuentaba de joven. “Quedaba en el Golf, hacíamos búsquedas del tesoro. Una vez encontré este anillo y no me lo saqué más. Nos divertíamos mucho”, dice y hace cuentas: “Habrá pasado de eso unos 40 o 50 años”.

La mujer junta tapitas para el Hospital Garrahan y, en Pinamar, también se la conoce por eso. “En Perico y Flowers las guardan para mí, lleno varios bidones”, dice. Reconoce que la tecnología no es lo suyo: “Cuando me jubilé, me regalaron una computadora. Tomé clases pero no funcionó, no es para mí. Se la regalé a Tomás, mi nieto menor. Si pasa algo importante ya me lo dirán”.

De los primeros años en Pinamar sólo tiene flashes. Alguna secuencia en el Ford blanco con el que llegaban desde Chascomús y de los pinos diminutos que, en esa época, plantaban por todos lados y a los que “les ponían un palito para que no se cayeran”. Entre las imágenes, también aparece jugando en la arena con Alberto, quien falleció hace un año y medio, y algo de los viajes a Villa Gesell para comprar tortas.

En una mesita del living tiene un pino de oro. “Se lo dieron a mi mamá cuando se transformó en la más grande de Pinamar, eso pasó cuando cumplió 102. Murió hace ocho años, a los 105”, comparte. Ya no dan pinos, ahora son piñas de oro, pero ella dice que no quiere que le entreguen una: “No, por Dios, hasta los 100 ni loca”. Con la misma certeza, tiene claro que no quiere alejarse nunca del mar. “La gente se sorprende cuando le digo que no conozco Punta del Este. Mi lugar es Pinamar y voy a seguir viniendo”, cierra.

 

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